Saltando al vacío

Estos días, entre un ir y venir por aeropuertos algo más intenso de lo normal y que ando enfrascado en el nuevo libro, me está costando postear. En principio mañana volveré a la periodicidad diaria con un post sobre otro nuevo proyecto que lanzamos a nivel mundial y que estoy seguro os va a encantar. De momento os dejo con este artículo que ayer publiqué en ABC y que define en gran medida lo que me pasa el día antes de presentar otro “salto” emprendedor.

Aterrizar en Lisboa es un placer. Ese recorrido previo sobrevolando la ciudad mientras el comandante busca enfocar el acercamiento a pista permite ver una amalgama imperfecta de edificios decadentemente bellos. Es una ciudad compuesta por plazas cortadas como infinitos acantilados de piedra que invitan a saltar. La capital de Portugal vive un momento muy duro y se evidencia una miseria estructural y una extraña resignación. Estos últimos días he visitado Irlanda, Italia, España y Portugal. Sólo queda Grecia para completar el famoso grupo de los PIIGS. La verdad es que cada uno afronta el reto de salir de su propio círculo vicioso de diferente modo. He visto personas distintas con actitudes parecidas. En todos esos países hay quien emprende y quien desiste antes de intentarlo. Ahora que parece haber más técnicos de apoyo a la emprendeduría que emprendedores, o más buscadores de financiación que locos persiguiendo sueños, la actitud colectiva es clave. En Portugal o donde sea lo que cuenta de verdad es creer que en la ilusión por intentarlo está el valor. Sino quieres emprender, no lo hagas, no pasa nada, pero no traslades tu desidia o pánico a quien decide volcar su rabia personal contra lo que le rodea y lo enfoca en un proyecto vital y profesional.

Vivimos en la sociedad del “no lo intentes sino vas a lograrlo”. Se dice que el aprendizaje que se logra en el salto no es válido, que sólo cuenta caer bien. En una sociedad acomplejada e incapaz de enfrentarse al fracaso, la cantidad de gente que emprende suele ser menor que en otra que valore ese factor. Lo crudo es que esto es determinante: cuanto menos intentos menos éxitos, cuanto menos éxitos menor competitividad, a menor competitividad menor crecimiento y por ello mayor déficit, deuda, prima de riesgo y derivados idóneos para titulares periodísticos sin interés práctico. Al final intentarlo, con sus fracasos, genera riqueza. Por eso es interesante aceptar que los emprendedores siempre están en crisis. Aceptan esa condición como un elemento básico. Un tipo que se pone en marcha con un proyecto que aun no está consolidado, que se enfrenta a mil obstáculos y que además está obligado a superar sus miedos y los estereotipos de una sociedad drogodependiente, es alguien que acepta la crisis como su estado de ánimo y su ecosistema natural. De ella saca el combustible al contrario que el resto de mortales. Cuanto mayor sea el riesgo más apasionante es el reto. Que hay dos maneras de vivir: sentado frente al abismo o saltando. No sabemos que hay ahí abajo, a veces ni importa, lo que si tenemos claro, los que saltamos, es que el de la silla frente al vacío no se va a enterar de lo fascinante que es volar unos segundos.