Ciclos de crisis: cómo las élites redibujan el mundo mientras tú pagas la factura.
En el vasto telar de la historia, las civilizaciones han tejido sus hilos a lo largo de ciclos que se han repetido innumerables veces. Estos ciclos, ya sean cíclicos de 80 o 90 años como argumentan Strauss y Howe, o más maleables como los de Polibio, han influido en el curso de la humanidad y han dejado una huella imborrable en nuestro presente.
En el vasto telar de la historia, las civilizaciones han tejido sus hilos a lo largo de ciclos que se han repetido innumerables veces. Estos ciclos, ya sean cíclicos de 80 o 90 años como argumentan Strauss y Howe, o más maleables como los de Polibio, han influido en el curso de la humanidad y han dejado una huella imborrable en nuestro presente. Este artículo es un intento de comprender esos ciclos y, al mismo tiempo, explorar cómo podemos enfrentar el futuro en un mundo en constante cambio y transformación. Hubo un momento de cambio profundo que marcó un punto de inflexión en la historia, y creo que comenzó con la catástrofe de 1914: el estallido de la Primera Guerra Mundial y la creación de la Reserva Federal. Este evento catastrófico, junto con la desaparición del patrón oro en 1971, provocó un crecimiento masivo del Estado depredador a expensas de las personas comunes, quienes son las verdaderas constructoras, sostenedoras y renovadoras de la civilización.
La Primera Guerra Mundial fue una conmoción que sacudió los cimientos de la sociedad y alteró el equilibrio del poder económico. La Reserva Federal, creada en 1913, otorgó al gobierno un mayor control sobre la moneda y la economía, restringiendo la libertad económica que caracterizaba al siglo XIX. El patrón oro, que había mantenido un cierto grado de disciplina fiscal, se desvaneció en 1971 bajo la presidencia de Richard Nixon, abriendo la puerta a la manipulación monetaria y al crecimiento del Estado. Los ciclos de la historia son una constante en la narrativa humana. William Strauss y Neil Howe, en su obra de 1997, propusieron la idea del "Cuarto Giro", un ciclo que involucra crisis, destrucción y, en última instancia, renacimiento. Según su modelo, el ciclo actual comenzó en 1946, lo que significa que, a partir de 2006, ya estábamos retrasados en la crisis.
En contraposición, el antiguo historiador Polibio, en el año 146 a.C., delineó un ciclo político que también abarcaba cuatro etapas. Su ciclo comenzaba en la crisis, tiempos difíciles que finalmente se calmaban cuando líderes fuertes emergían en el poder. La diferencia fundamental entre Strauss, Howe y Polibio radica en la duración de estas etapas. Mientras que Strauss y Howe definen ciclos de casi 20 años para cada etapa, Polibio sugiere que la duración es más maleable. La historia parece inclinarse hacia la perspectiva de Polibio, ya que algunos tiempos difíciles pueden ser breves o extenderse durante siglos, mientras que otros pueden crear líderes fuertes que, paradójicamente, empeoran la situación.
En un mundo que parece estar inmerso en un ciclo de cambio y crisis, enfrentamos un desafío único. Conscientes de que venimos de una época de gran prosperidad y estabilidad relativa en las últimas décadas, el hambre y la crisis parecen preocupaciones lejanas para el ciudadano promedio. Pero, como la historia nos ha enseñado, los tiempos de bonanza pueden desvanecerse rápidamente si no estamos preparados. La buena noticia es que, si estos ciclos tienen la amabilidad de prolongarse, no estamos destinados a sufrir tiempos difíciles de manera inevitable. A lo largo de la historia de Estados Unidos, hemos retrocedido y avanzado varias veces. Desde la resistencia de Andrew Jackson al banco central hasta la expansión de los derechos económicos y políticos después de la Guerra Civil, estos momentos marcan puntos de resiliencia en la historia.
Incluso la era posterior a la Guerra Civil de Estados Unidos (1861-1865), conocida como la Gilded Age / “Edad de Oro” Dorada", que tuvo lugar aproximadamente entre 1870 y 1900. Durante este tiempo, hubo un auge económico significativo, principalmente debido a la industrialización. "Morning in America" fue un eslogan político y de campaña utilizado por el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan durante su campaña de reelección en 1984. El término evocaba una sensación de optimismo y renovación en los Estados Unidos, tras un periodo de estancamiento económico y desafíos sociales durante los años 1970.
El eslogan fue destacado en un anuncio televisivo icónico que presentaba escenas positivas de la vida americana, como personas yendo a trabajar, casas siendo construidas y parejas casándose. El mensaje subyacente era que, bajo la administración de Reagan, el país había experimentado un renacimiento económico y social, y que los ciudadanos podían esperar más prosperidad y progreso si Reagan era reelegido para un segundo mandato. La "Mañana en América" de Reagan suele ser vista como una era de recuperación económica y un tiempo de crecimiento. Durante su presidencia, Reagan implementó políticas económicas, conocidas como "Reaganomics", que incluían reducciones de impuestos, contención del gasto público (excepto en defensa), y desregulación. Estas medidas, según sus proponentes, ayudaron a revitalizar la economía estadounidense.
Sin embargo, aquí viene la mala noticia: si no tomamos medidas, una crisis está garantizada, y no hay garantía de que su duración sea limitada a 20 años. La historia de la humanidad está llena de períodos de decadencia que se prolongaron durante un siglo, resultando en desgracia para millones de personas. A veces, esos períodos estudiados posteriormente por Roggoff u otros, nos indica que hay pequeñas detonaciones anteriores a la gran explosión. La clave es localizar si son puntuales o pertenecen a las primeras fases de la etapa definitiva.
Pongamos por ejemplo lo sucedido en Grecia hace unos años y que indica como pudiera estar aplicándose una creciente fase de deuda soberana fallida. La crisis de deuda en Grecia comenzó a fines de 2009, desencadenada por la combinación de factores estructurales, como niveles significativos de deuda pública y un elevado déficit fiscal. Grecia fue el epicentro de la crisis de deuda europea durante este período. La cronología fue la siguiente:
2009: La crisis de deuda de Grecia comenzó oficialmente cuando el país admitió que su déficit fiscal era del 12,7% del PIB, más del triple del límite permitido por la Unión Europea. Esto llevó a una falta de confianza en la capacidad de Grecia para pagar su deuda.
2010: Grecia solicitó un paquete de rescate internacional a la Unión Europea y al FMI para evitar la insolvencia. Este primer rescate fue de aproximadamente 110 mil millones de euros.
2011-2012: A pesar del rescate, la economía griega continuó deteriorándose, lo que llevó a un segundo rescate en 2012 de aproximadamente 130 mil millones de euros.
2015: Grecia solicitó y recibió un tercer rescate financiero, llevando el total de fondos de rescate a más de 260 mil millones de euros. En los años siguientes, Grecia implementó medidas de austeridad significativas, que incluyeron recortes en los salarios y pensiones públicas, así como aumentos de impuestos. Estas medidas tuvieron un fuerte impacto en la economía y en la sociedad griegas, pero fueron necesarias para estabilizar las finanzas del país y eventualmente permitirle salir de la crisis.
De hecho aquellos recortes mermaron las opciones de quienes llevaban toda la vida cotizando a acogerse a los beneficios de la sanidad pública por ejemplo. Recuerdo una charla que tuve con un un viejo amigo por aquel 2011 y del que he escrito aquí alguna vez. Un ex directivo que se pasaba horas tirando piedras contra los coches oficiales en Tesalónica. Me confesaba su indignación y su resignación mezclada con miedo hacia lo que será de sus padres muy mayores y con necesidades médicas que él no puede comprar. Llevaban seis años de recesión y de ‘rescates’, recortes y otros sucedáneos. Cuándo nos preguntamos que significará para nuestros hijos el desastre contable al que nos tienen sumido los responsables de haberlo controlado todo, de la emisión de deuda indiscriminada y de que los propietarios de toda esa deuda no seamos nosotros, que de soberana no tiene nada, es bueno mirar hacia aquella Grecia que ayuda a entenderlo.
La teórica austeridad exigida y que se nos exigirá, se convirtió en puro estiércol servido en raciones diarias y sin preguntar si te apetece. El gasto público griego se redujo cerca de un 60% en Sanidad y, por derivación, en otros aspectos de la vida que consideramos una especie de derecho. Estar endeudado por encima de tus posibilidades es irracional. Eso lo hacen familias y estados. Lo hacen por considerar que, o bien la vida irá a mejor y podremos devolver cuanto nos prestaron o, si no pagamos, alguien nos perdonará una parte o lo que sea. Pero eso no siempre es así. Tarde o temprano te encuentras que debes pagar y sino lo haces, al que le debes le ofreces una única opción: controlar cómo utilizas el aumento de crédito y lo que haces con él para ir devolviendo tu agujero. Con Grecia pasó y pasará con muchos otros. Pensar que eso de la deuda infinita es factible es vivir en Disney y no conocer los mercados donde están los verdaderos dueños del mundo.
Y no era nuevo, ni lo será. Eduardo III sembró el caos en Florencia a mediados del siglo XIV por el impago de una serie de préstamos. Todos los países de América Latina, además de Brasil, hicieron lo mismo a principios del siglo XIX. Más recientemente, Rusia sorprendió por los mercados mundiales no pagando en 1998, al igual que Argentina en 2001. En el caso florentino se eliminó el principado, en los de América Latina se estructuró un modelo económico dependiente que aun permanece en gran medida repleto de desequilibrios, en Rusia se evidenció una destrucción del proyecto capitalista y en Argentina se le jodió la vida a millones de personas.
Ahora, mientras tenemos la mirada puesta en el Próximo Oriente y las repercusiones económicas de una escalada militar en la región, en el mundo se cierne otra amenaza muy preocupante. Es una de las ‘mega amenazas’ que nombra Nouriel Roubini en su último libro. Resulta que la escalada en las rentabilidades de los bonos estadounidenses, acompañada de una apreciación consistente del dólar en los últimos días, han hecho sonar todas las alarmas respecto a un potencial de incumplimiento de deuda en numerosos países emergentes.
Me explico, porque el tema es grave. Un bono estadounidense es un título de deuda que el gobierno de los Estados Unidos emite para financiar sus gastos. Una mayor rentabilidad en los bonos, provocada por la subida de tipos de interés que estamos viviendo, encarece la refinanciación de las deudas que van venciendo. Si encima el dólar se fortalece, como es el caso, y muchos países emergentes tienen deudas denominadas en dólares, el riesgo de impago se multiplica.
Muchas economías denominadas emergentes, han acumulado volúmenes gigantescos de deuda americana durante la pandemia. En un contexto donde la deuda se convertirá en el principal problema global, empiezan a subir los Credit Default Swaps. Recordemos que un Credit Default Swap es un contrato financiero en el que una parte paga primas periódicas a cambio de protección contra el riesgo de incumplimiento en un crédito. Así mismo, la otra parte asume el riesgo en caso de incumplimiento.
Pues bien, esa cobertura de impago se ha disparado en Argentina, Colombia, Arabia Saudita, Etiopía, Túnez, Pakistán, Ecuador, Bolivia, Egipto, Mozambique, Maldivas, Gabon o Kenia entre otros. De hecho, Bloomberg listaba ayer 21 países que están en condiciones de quebrar a medio plazo. Te pongo dos ejemplos. Pakistán necesita urgentemente 22.000 millones de dólares a 1 de enero de 2024 o quebrará. México ha visto como su cobertura de riesgo de impago ha subido un 30% en un sólo mes.
Y esto nos puede afectar, pues una oleada de impagos soberanos en mercados emergentes no sólo afectaría a los implicados. Estos países son el plan B para el crecimiento futuro y si se debilitan, nos afectará a todos. La inestabilidad financiera derivada de impagos en economías emergentes acabaría por provocar más Volatilidad de los Mercados, revisión en las Tasas de Interés, distorsionaría las inversiones de algunas multinacionales, estimularía más inmigración irregular incrementaría el precio de materias primas y, de un modo u otro, acabaría afectando a nuestro día a día.
Aunque si pasa, no será de inmediato, en economía nada es de golpe, estaría bien ir pensando en ello, por que no es algo menor. Una cosa es una quiebra puntual en algún lugar del mundo. Otra es un efecto dominó junto a lo que el exgobernador del Banco de España, Miguel Angel Fernández Ordóñez me confesaba el pasado sábado; la próxima crisis financiera será monumental y provendrá de una noticia sobre un banco importante.
Entonces, ¿cómo podemos prepararnos para el futuro en un mundo en constante cambio? Con flexibilidad y resistencia. Algo que implica fortalecernos ante la eventualidad de tiempos difíciles. Esto se logra al resguardar nuestros activos, desarrollar nuestras habilidades y construir una red social sólida en la que podamos confiar. En otras palabras, debemos aislar nuestros activos, aumentar nuestro potencial de ingresos y adquirir habilidades prácticas. Ahora es algo que tiene que ver con la tecnología también. Pero no para subir fotos a una red social sino para estimular nuestro trabajo de siempre y convertirlo en más eficiente y rentable. Pero la flexibilidad y la resistencia no es suficiente. También debemos centrarnos en la prevención. Esto implica una organización política y social que pueda revitalizar las instituciones que ahora ya son fallidas, para que puedan mantenerse por sí mismas. Los tribunales, las escuelas, el ejército y las instituciones sociales, tanto seculares como religiosas, pueden ser baluartes contra el declive si se gestionan adecuadamente y si se apartan de la dependencia constante del Estado.
Es como mantener un dique contra un mar embravecido. Requiere esfuerzo constante, pero las consecuencias de no hacerlo son catastróficas. La historia está repleta de ejemplos de civilizaciones que permitieron que sus instituciones se desmoronaran y pagaron un precio elevado por ello. Civilizaciones que dejaron todo en manos de la clase política y del Estado mediocre. Los ciclos de la historia son una realidad innegable, y estamos en una situación precaria en un mundo en constante transformación. No te lo dirán. Es mejor distraerte con grandes acontecimientos puntuales. A partir de ahí todo es mucho más sencillo. Esto no va de destruir al mundo, va de controlarlo. Dirigirlo.
La manipulación monetaria, como la que ocurrió con la Reserva Federal y la eliminación del patrón oro, puede tener un impacto profundo en la estabilidad económica. La disciplina fiscal y la comprensión de conceptos económicos complejos, como la oferta monetaria y la inflación, serán esenciales para evitar que la economía sea víctima de los ciclos de la historia. Lo preocupante es que se lo están saltando de nuevo. Han aprendido algo muy peligroso. Puedes manipular los datos semánticamente o cambiando el punto de vista de medición. Así nunca parece extremadamente grave ninguna cifra. Sin embargo, detrás de esa pantalla se esconde la realidad que se va enquistando. Como en economía todo es muy lento, un gobierno, unos dirigentes bancarios o lo que sea, pueden mantenerse en el cargo abrazando ese decorado. El problema es que hay un día que se derrumba y el dolor es mayor. Pero también es verdad que, a pesar de estos ciclos, con sus desastres, la perspectiva siempre ha sido en positivo. Si no insisten los de la catástrofe climática o del desastre universal que siempre rondan por ahí solicitando impuestos a todo, la realidad puede tener un grado de optimismo.
Los que piensan que el mundo va a peor se imaginan que nos dirigimos hacia una sociedad desigualitaria, con una gran cantidad de gente pobre mientras unos pocos ricos viven con buenos servicios educativos, sanitarios y sociales. Los pesimistas suelen imaginarse que la tecnología va a complicarlo todo, y los optimistas creemos que la pobreza extrema será erradicada dentro de un par de décadas. Otra cosa será a que llamaremos pobres o que será clase media. Ya te he hablado antes de que eso está mutando seriamente. A principios del siglo XIX, la pobreza extrema en el mundo llegaba al 94 por ciento de la población, mientras que hoy es el 10 por ciento. Entonces, ¿por qué parece que vamos a peor? El médico y estadístico sueco Hans Rosling lo achacaba al «pesimismo social», un efecto intelectual que aparece cuando desconocemos algo en concreto. Si no lo sabemos, nuestro cerebro suele interpretar que estamos peor que ayer.
En nuestro caso hemos avanzado especialmente gracias a las revoluciones industriales. A la tecnología. De hecho eso va a cambiarlo todo en breve. Todos necesitaremos convertirnos en aprendices de por vida. En promedio, los empleados necesitarán unos cien días de entrenamiento y capacitación en 2024. La brecha referida a las habilidades emergentes, tanto entre los trabajadores individuales como entre los líderes sénior de las empresas, será un riesgo para el desarrollo corporativo de una empresa. Dependiendo de la industria y la geografía, es probable que entre la mitad y dos tercios de las empresas recurran a sub-contrataciones externas, personal temporal y trabajadores independientes para abordar sus brechas referidas a las habilidades. Seguramente, en el futuro, iremos al trabajo a aprender casi todo el tiempo. A aprender a preguntar cosas. A aprender, a entender cómo funciona el software que hace el trabajo que hacíamos nosotros hace un tiempo, para que, aprendiendo, logremos que aún lo haga mejor cada vez.
Las máquinas con inteligencia artificial son muy buenas respondiendo preguntas, pero no tanto haciéndolas. De ahí que, si somos cada vez más capaces de cuestionar mejor a esas máquinas, ellas nos responderán de un modo más útil. Iremos a trabajar pero sólo para aprender de ellas, para conocerlas mejor y para poder definir cada vez mejores preguntas. Estamos definiendo un nuevo contrato social que llamaremos empleo pero que será muy distinto. Si nuestra civilización colapsa, como lo hicieron otras antes, si la deuda se nos come o si las élites mantienen su cruzada contra nuestra libertad, sólo nos quedará el conocimiento.
Recuerda que la deuda global no es global ni abstracta. Ellos tomaron créditos en tu nombre que ahora te exigen pagar con menos servicios, más impuestos y mayor dependencia. A cambio te piden que les entregues tu privacidad. Hoy parecería que te he hablado de como colapsan, por culpa de la deuda, las civilizaciones. Pero en realidad te he hablado como se transforman gracias a la gente y al uso que hacen de la tecnología disponible. Que sea un colapso o una transformación depende de quien gane el pulso. ¿Ellos o nosotros?
La Ilusión de la Libertad de Expresión en la Era Digital
En un giro inesperado, Meta, la empresa matriz de Facebook e Instagram, ha anunciado recientemente su intención de "restaurar la libertad de expresión" en sus plataformas. Sin embargo, un análisis detallado de las nuevas políticas revela que esta promesa está lejos de cumplirse plenamente. Mark Zuckerberg, CEO de Meta, afirma que la compañía está "volviendo a sus raíces" con un enfoque en el discurso abierto, pero las directrices actualizadas sugieren que aún existen limitaciones significativas.
En un giro inesperado, Meta, la empresa matriz de Facebook e Instagram, ha anunciado recientemente su intención de "restaurar la libertad de expresión" en sus plataformas. Sin embargo, un análisis detallado de las nuevas políticas revela que esta promesa está lejos de cumplirse plenamente. Mark Zuckerberg, CEO de Meta, afirma que la compañía está "volviendo a sus raíces" con un enfoque en el discurso abierto, pero las directrices actualizadas sugieren que aún existen limitaciones significativas.
Del cambio de modelo en cuanto a la libertad de expresión de Meta, destaca un aspecto previo. La descripción que Zuckerberg hace de la hipotética pesadilla que ha vivido bajo el mandato Biden y la dictadura de los chequeadores de la verdad. El CEO de Meta describió situaciones en las que funcionarios de la Casa Blanca llegaron al punto de "llamar a nuestro equipo para gritarles y maldecirlos" por el contenido compartido en las redes sociales. Un ejemplo particularmente revelador fue la presión para eliminar un meme humorístico sobre las vacunas contra el COVID-19, que Zuckerberg se negó a censurar, argumentando: "No vamos a eliminar el humor". Esta anécdota ilustra la tensión constante entre la libertad de expresión y los intentos de control de la narrativa por parte de las autoridades.
Un punto de inflexión en el enfoque de Zuckerberg hacia la moderación de contenido ocurrió cuando el presidente Biden acusó públicamente a las plataformas de redes sociales de difundir desinformación dañina, afirmando que estaban "matando gente". Reflexionando sobre las consecuencias, Zuckerberg compartió: "Todas estas diferentes agencias y ramas del gobierno comenzaron a investigar y a atacar a nuestra empresa. Fue brutal, brutal".
Este pájaro, que ahora va de adalid de la libertad de expresión, es el mismo que capturaba datos de los usuarios sin permiso, los manipulaba, los vendía y los utilizaba para crear tendencias electorales, por lo que hay que tomarlo con pinzas. Ahora anuncia este nuevo enfoque como un retorno a las raíces de la compañía. Pero, ¿hasta que punto es real? Vamos a verlo....
Un análisis detallado de las políticas actualizadas revela una historia diferente, una en la que la libertad de expresión sigue siendo un concepto maleable y restringido bajo el control de algoritmos y directrices corporativas. Las nuevas políticas de Meta, supuestamente diseñadas para fomentar un discurso más abierto, categorizan el contenido prohibido en dos niveles. El Nivel 1 prohíbe el discurso considerado deshumanizante, como comparaciones con "animales" o "patógenos", y estereotipos sobre grupos que supuestamente controlan instituciones. También se prohíben acusaciones de inmoralidad grave o criminalidad, como llamar a alguien terrorista o pedófilo. El Nivel 2 extiende las restricciones a declaraciones que apoyen la exclusión o segregación.
Estas reglas, aunque presentadas como un equilibrio entre seguridad y libre expresión, plantean serias preguntas sobre los límites del discurso en línea. ¿Quién decide qué constituye un insulto inaceptable o una comparación deshumanizante? La línea entre la crítica legítima y el lenguaje prohibido se vuelve peligrosamente borrosa, especialmente cuando se trata de temas políticamente sensibles o debates sobre eventos históricos controvertidos. La prohibición de insultos basados en características protegidas, como raza o religión, es otro aspecto problemático de las políticas de Meta. Aunque la intención de prevenir la discriminación es loable, esta regla puede aplicarse de manera tan amplia que incluso críticas legítimas a prácticas culturales o acciones de individuos podrían ser censuradas si se perciben como ataques a grupos protegidos. Este enfoque corre el riesgo de sofocar debates importantes y necesarios sobre problemas sociales complejos.
El momento elegido por Meta para implementar estos cambios también ha sido objeto de escrutinio. Las modificaciones en las políticas coinciden con un cambio en el clima político en los Estados Unidos, y Joel Kaplan, Director de Asuntos Globales de Meta, ha insinuado colaboraciones con la próxima administración Trump. Este giro marca un contraste significativo con los esfuerzos de moderación anteriores bajo la administración Biden, lo que sugiere que las políticas de Meta pueden estar influenciadas por consideraciones políticas más que por un compromiso genuino con la libertad de expresión. La interpretación de "libre expresión" de Meta parece cuidadosamente diseñada, con límites que sugieren que el viaje de la plataforma hacia una verdadera apertura está lejos de completarse. La empresa sigue actuando como un guardián excesivamente celoso del discurso en línea, priorizando la civilidad y la seguridad de la marca sobre el principio de libre expresión. Este enfoque a menudo silencia conversaciones que podrían desafiar normas, generar debate o proporcionar críticas valiosas.
La verdadera libertad de expresión implica tolerar lo incómodo, lo imperfecto e incluso lo ofensivo, siempre que no incite a la violencia o cause daños tangibles. Las políticas de Meta, sin embargo, parecen más enfocadas en crear un espacio digital limpio que en fomentar un intercambio genuino de ideas. La sátira, la hipérbole, la expresión artística e incluso el lenguaje reclamado por ciertas comunidades son a menudo víctimas colaterales en la búsqueda de Meta de un entorno en línea controlado. Es crucial reconocer que el equilibrio entre la protección contra el abuso y la preservación de la libertad de expresión es complejo. Sin embargo, Meta parece inclinarse demasiado hacia la restricción en lugar de permitir un debate abierto y matizado. La amplitud de sus prohibiciones, que abarcan insultos, blasfemias y burlas, deja poco espacio para la naturaleza compleja y a veces incómoda de la expresión humana.
El enfoque de Meta hacia las blasfemias y el lenguaje vulgar también merece un análisis crítico. Si bien es razonable desalentar el lenguaje abiertamente hostil, la prohibición general de ciertas expresiones ignora los matices del lenguaje coloquial y las diferencias culturales en el uso de palabras consideradas ofensivas. Esta política puede resultar particularmente problemática en un contexto global, donde las normas lingüísticas y culturales varían ampliamente. Además, la postura de Meta sobre temas históricos sensibles, como la negación del Holocausto y el antisemitismo, aunque comprensible en su intención de combatir el odio, puede inadvertidamente silenciar conversaciones matizadas sobre eventos históricos complejos. La línea entre la prevención de la propagación de ideologías peligrosas y la supresión de debates históricos legítimos es delgada, y Meta parece estar luchando para encontrar el equilibrio adecuado.
Es importante considerar también el impacto más amplio de estas políticas en el discurso público y la formación de la opinión. Las plataformas de Meta, con sus miles de millones de usuarios, tienen un poder sin precedentes para dar forma a las conversaciones globales. Cuando estas plataformas imponen restricciones excesivas sobre el discurso, corren el riesgo de crear cámaras de eco y burbujas de filtro que limitan la exposición de los usuarios a perspectivas diversas y desafiantes. La ironía de la situación no pasa desapercibida. Meta, una empresa que se construyó sobre la promesa de conectar al mundo y facilitar el intercambio de ideas, ahora se encuentra en la posición de limitar activamente ese intercambio. Este giro plantea preguntas fundamentales sobre el papel de las corporaciones tecnológicas en la sociedad moderna y su responsabilidad en la protección de los principios democráticos. El caso de Meta ilustra un dilema más amplio en la era digital: ¿cómo equilibrar la necesidad de moderar el contenido nocivo con el imperativo de proteger la libertad de expresión? No hay respuestas fáciles, pero está claro que el enfoque actual de Meta deja mucho que desear. La empresa parece estar navegando en aguas turbulentas, tratando de complacer a reguladores, anunciantes y usuarios, a menudo a expensas de los principios fundamentales de la libre expresión.
Para realmente defender la libertad de expresión, Meta necesitaría reconsiderar fundamentalmente su enfoque de moderación de contenido. Esto podría implicar confiar más en la capacidad de sus usuarios para navegar las complejidades del discurso en línea, proporcionando herramientas más efectivas para que los individuos personalicen su experiencia en la plataforma, y adoptando un enfoque más matizado y contextual en la moderación de contenido. En última instancia, el desafío para Meta y otras plataformas de redes sociales es encontrar un equilibrio que proteja a los usuarios vulnerables del acoso y el abuso, mientras se preserva un espacio para el debate robusto y la expresión creativa. Este equilibrio no se logrará a través de políticas unilaterales impuestas desde arriba, sino mediante un diálogo continuo con los usuarios, expertos en libertad de expresión, y la sociedad civil.
A medida que avanzamos en la era digital, es crucial que mantengamos una visión crítica de las promesas de las grandes tecnológicas. La libertad de expresión es un pilar fundamental de las sociedades democráticas, y su protección en el ámbito digital es tan importante como en el mundo físico. El caso de Meta nos recuerda que debemos permanecer vigilantes y exigir transparencia y responsabilidad a las plataformas que desempeñan un papel tan crucial en nuestra comunicación y discurso público. En conclusión, la promesa de Meta de restaurar la libertad de expresión sigue siendo, por ahora, una promesa incumplida. Sin embargo, este no es el final de la historia. El debate sobre la libertad de expresión en la era digital continuará evolucionando, y es responsabilidad de todos nosotros, como usuarios y ciudadanos, participar activamente en este diálogo. Solo a través de un compromiso continuo y una reflexión crítica podremos esperar forjar un futuro digital que verdaderamente honre los principios de la libre expresión mientras protege a los individuos de daños reales.
Yo sufro todos los días ataques de todo tipo. Personales, a mi familia, a lo que digo o a lo que hago. He recibido amenazas diversas. Algunas son constitutivas de delito y en manos de la justicia están. Nunca hago publicidad de estas acciones. Sin embargo jamás he pedido a ninguna red social, y nunca lo haré, que limite la libertad de expresión a nadie. Aunque no me guste lo que dicen, si no es un delito, ahí debe quedar. Se requiere una piel gruesa, algo de cintura, aceptación de que quien habla y escribe mucho, se equivoca más que quien no dice nada, y sobretodo un compromiso con el lenguaje libre. Incluso cuando todo eso es a partir del anonimato, que en algunos casos lo considero pura cobardía, lo acepto. Es un derecho.
Las revelaciones de Zuckerberg plantean serias preguntas sobre la libertad de expresión en las redes sociales y el papel de los gobiernos en la moderación de contenido en línea. Su testimonio sugiere un nivel de presión gubernamental sin precedentes sobre las empresas tecnológicas para controlar la narrativa, incluso cuando eso significaba suprimir información veraz. En Europa ya se ha avisado que no les parece bien que los verificadores de la verdad dejen de ser utilizados por su empresa. Es decir, que si no les ofrecen garantías de que el mensaje se podrá controlar, no les dejarán operar. Es la misma amenaza que viven X, Telegram o Youtube. En Europa, en el Reino Unido, y en muchos más lugares, eso de decir lo que uno quiera es una amenaza para la democracia, su democracia. La guerra va a ser larga y va a estar llena de batallas. Europa tiene muchas armas listas. A nivel monetario, político, social y de relato. No van a permitirlo. Ahora el discurso es acusar de neonazi a cualquiera que considere que la libertad de expresión es un valor único aunque eso ponga en riesgo en algún punto la desinformación. Básicamente porque nadie está en poder de la verdad. Es mucho más operativo que la inteligencia colectiva verifique o no una noticia o un contenido.
Creo en lo que defiendo. Creo que el camino hacia una verdadera libertad de expresión en el ámbito digital es largo y complejo, pero es un viaje que debemos emprender colectivamente. El caso de Meta nos sirve como un recordatorio de los desafíos que enfrentamos y la importancia de mantenernos vigilantes en la defensa de nuestros derechos fundamentales. A medida que avanzamos, debemos seguir cuestionando, debatiendo y exigiendo más de las plataformas que han llegado a dominar nuestro paisaje digital. Solo entonces podremos esperar construir un futuro en línea que refleje verdaderamente los ideales de una sociedad libre y abierta. Una sociedad que poco a poco se dirige a la Oceanía que describía George Orwell en su novela 1984. El hablaba de un Ministerio, el de la verdad, que recuerda a los que dicen hoy que es cierto y lo que no, que borraba aquello que era contradictorio con lo que la versión oficial establecía como cierto creando una nueva verdad sin posibilidad de discutir. Winston, el protagonista, borraba el pasado y creaba un nuevo presente. Si no queremos vivir en un mundo así, la moderación de los contenidos de manera colectiva y abierta, es mucho más interesante que la de unos propietarios de la verdad nos digan lo que es auténtico y lo que no.
Seguimos...